EXHORTACIÓN
APOSTÓLICA
POST-SINODAL
CHRISTIFIDELES
LAICI
DE SU SANTIDAD
JUAN PABLO II
SOBRE VOCACIÓN Y MISIÓN DE LOS LAICOS
EN
A los Obispos
A los sacerdotes y diáconos
A los religiosos y religiosas
A todos los fieles laicos
INTRODUCCIÓN
1. LOS FIELES LAICOS (Christifideles laici), cuya
«vocación y misión en
La parábola evangélica despliega ante
nuestra mirada la inmensidad de la viña del Señor y la multitud de personas,
hombres y mujeres, que son llamadas por Él y enviadas para que tengan trabajo
en ella. La viña es el mundo entero (cf. Mt
13, 38), que debe ser transformado según el designio divino en vista de la
venida definitiva del Reino de Dios.
Id también vosotros a mi viña
2. «Salió luego hacia las nueve de la
mañana, vió otros que estaban en la plaza desocupados
y les dijo: "Id también vosotros a mi
viña"» (Mt 20, 3-4).
El llamamiento del Señor Jesús «Id también vosotros a mi viña» no cesa de
resonar en el curso de la historia desde aquel lejano día: se dirige a cada
hombre que viene a este mundo.
En nuestro tiempo, en la renovada efusión
del Espíritu de Pentecostés que tuvo lugar con el Concilio Vaticano II,
Id también vosotros. La llamada no se dirige sólo a los
Pastores, a los sacerdotes, a los religiosos y religiosas, sino que se extiende
a todos: también los fieles laicos son llamados personalmente por el Señor, de
quien reciben una misión en favor de
De modo particular, el Concilio, con su
riquísimo patrimonio doctrinal, espiritual y pastoral, ha reservado páginas
verdaderamente espléndidas sobre la naturaleza, dignidad, espiritualidad,
misión y responsabilidad de los fieles laicos. Y los Padres conciliares,
haciendo eco al llamamiento de Cristo, han convocado a todos los fieles
laicos, hombres y mujeres, a trabajar en la viña: «Este Sacrosanto Concilio
ruega en el Señor a todos los laicos que respondan con ánimo generoso y
prontitud de corazón a la voz de Cristo, que en esta hora invita a todos con
mayor insistencia, y a los impulsos del Espíritu Santo. Sientan los jóvenes que
esta llamada va dirigida a ellos de manera especialísima;
recíbanla con entusiasmo y magnanimidad. El mismo Señor, en efecto, invita de
nuevo a todos los laicos, por medio de este santo Concilio, a que se le unan
cada día más íntimamente y a que, haciendo propio todo lo suyo (cf. Flp 2, 5), se asocien a su misión salvadora;
de nuevo los envía a todas las ciudades y lugares adonde Él está por venir (cf.
Lc 10, 1».(3)
Id también vosotros a mi viña. Estas palabras han resonado
espiritualmente, una vez más, durante la celebración del Sínodo de los
Obispos, que ha tenido lugar en Roma entre el 1º y el 30 de octubre de
1987. Colocándose en los senderos del Concilio y abriéndose a la luz de las
experiencias personales y comunitarias de toda
En esta Asamblea episcopal no ha faltado
una cualificada representación de fieles laicos, hombres y mujeres, que han
aportado una valiosa contribución a los trabajos del Sínodo, como ha sido
públicamente reconocido en la homilía conclusiva: «Damos gracias por el hecho
de que en el curso del Sínodo hemos podido contar con la participación de los
laicos (auditores y auditrices), pero más aún
porque el desarrollo de las discusiones sinodales nos ha permitido escuchar la
voz de los invitados, los representantes del laicado provenientes de todas las
partes del mundo, de los diversos Países, y nos ha dado ocasión de aprovechar
sus experiencias, sus consejos, las sugerencias que proceden de su amor a la
causa común».(4)
Dirigiendo la mirada al posconcilio, los Padres sinodales han podido comprobar cómo
el Espíritu Santo ha seguido rejuveneciendo
Al mismo tiempo, el Sínodo ha notado que
el camino posconciliar de los fieles laicos no ha
estado exento de dificultades y de peligros. En particular, se pueden recordar
dos tentaciones a las que no siempre han sabido sustraerse: la tentación de
reservar un interés tan marcado por los servicios y las tareas eclesiales, de
tal modo que frecuentemente se ha llegado a una práctica dejación de sus
responsabilidades específicas en el mundo profesional, social, económico,
cultural y político; y la tentación de legitimar la indebida separación entre
fe y vida, entre la acogida del Evangelio y la acción concreta en las más
diversas realidades temporales y terrenas.
En el curso de sus trabajos, el Sínodo ha
hecho referencia constantemente al Concilio Vaticano II, cuyo magisterio sobre
el laicado, a veinte años de distancia, se ha manifestado de sorprendente
actualidad y tal vez de alcance profético: tal magisterio es capaz de iluminar
y de guiar las respuestas que se deben dar hoy a los nuevos problemas. En
realidad, el desafío que los Padres sinodales han afrontado ha sido el de
individuar las vías concretas para lograr que la espléndida «teoría» sobre el
laicado expresada por el Concilio llegue a ser una auténtica «praxis» eclesial.
Además, algunos problemas se imponen por una cierta «novedad» suya, tanto que
se los puede llamar posconciliares, al menos en
sentido cronológico: a ellos los Padres sinodales han reservado con razón una
particular atención en el curso de sus discusiones y reflexiones. Entre estos
problemas se deben recordar los relativos a los ministerios y servicios
eclesiales confiados o por confiar a los fieles laicos, la difusión y el
desarrollo de nuevos «movimientos» junto a otras formas de agregación de los
laicos, el puesto y el papel de la mujer tanto en
Los Padres sinodales, al término de sus
trabajos, llevados a cabo con gran empeño, competencia y generosidad, me han
manifestado su deseo y me han pedido que, a su debido tiempo, ofreciese a
Esta Exhortación Apostólica post-sinodal
quiere dar todo su valor a la entera riqueza de los trabajos sinodales: desde
los Lineamenta hasta el Instrumentum laboris; desde
la relación introductoria hasta las intervenciones de cada uno de los obispos y
de los laicos y la relación de síntesis al final de las sesiones en el aula;
desde los trabajos y relaciones de los «círculos menores» hasta las
«proposiciones» finales y el Mensaje final. Por eso el presente documento no es
paralelo al Sínodo, sino que constituye su fiel y coherente expresión; es fruto
de un trabajo colegial, a cuyo resultado final el Consejo de
El objetivo que
Las actuales cuestiones urgentes del
mundo: ¿Porqué estáis aquí ociosos todo el día?
3. El significado fundamental de este
Sínodo, y por tanto el fruto más valioso deseado por él, es la acogida por
parte de los fieles laicos del llamamiento de Cristo a trabajar en su viña, a
tomar parte activa, consciente y responsable en la misión de
Nuevas situaciones, tanto eclesiales como
sociales, económicas, políticas y culturales, reclaman hoy, con fuerza muy
particular, la acción de los fieles laicos. Si el no comprometerse ha sido
siempre algo inaceptable, el tiempo presente lo hace aún más culpable. A
nadie le es lícito permanecer ocioso.
Reemprendamos la lectura de la parábola
evangélica: «Todavía salió a eso de las cinco de la tarde, vió
otros que estaban allí, y les dijo: "¿Por qué estáis aquí todo el día
parados?" Le respondieron: "Es que nadie nos ha contratado". Y
él les dijo: "Id también vosotros a mi
viña"» (Mt 20, 6-7).
No hay lugar para el ocio: tanto es el
trabajo que a todos espera en la viña del Señor. El «dueño de casa» repite con
más fuerza su invitación: «Id vosotros también a mi
viña».
La voz del Señor resuena ciertamente en
lo más íntimo del ser mismo de cada cristiano que, mediante la fe y los
sacramentos de la iniciación cristiana, ha sido configurado con Cristo, ha sido
injertado como miembro vivo en
Es necesario entonces mirar cara a cara
este mundo nuestro con sus valores y problemas, sus inquietudes y esperanzas,
sus conquistas y derrotas: un mundo cuyas situaciones económicas, sociales,
políticas y culturales presentan problemas y dificultades más graves respecto a
aquél que describía el Concilio en
Es muy grande la diversidad de
situaciones y problemas que hoy existen en el mundo, y que además están
caracterizadas por la creciente aceleración del cambio. Por esto es
absolutamente necesario guardarse de las generalizaciones y simplificaciones
indebidas. Sin embargo, es posible advertir algunas líneas de tendencia que
sobresalen en la sociedad actual. Así como en el campo evangélico crecen
juntamente la cizaña y el buen grano, también en la historia, teatro cotidiano
de un ejercicio a menudo contradictorio de la libertad humana, se encuentran,
arrimados el uno al otro y a veces profundamente entrelazados, el mal y el
bien, la injusticia y la justicia, la angustia y la esperanza.
Secularismo y necesidad de lo religioso
4. ¿Cómo no hemos de pensar en la
persistente difusión de la indiferencia religiosa y del ateismo en
sus más diversas formas, particularmente en aquella —hoy quizás más difundida—
del secularismo? Embriagado por las prodigiosas conquistas de un
irrefrenable desarrollo científico-técnico, y fascinado sobre todo por la más
antigua y siempre nueva tentación de querer llegar a ser como Dios (cf. Gn 3, 5) mediante el uso de una libertad sin
límites, el hombre arranca las raíces religiosas que están en su corazón: se
olvida de Dios, lo considera sin significado para su propia existencia, lo
rechaza poniéndose a adorar los más diversos «ídolos».
Es verdaderamente grave el fenómeno
actual del secularismo; y no sólo afecta a los individuos, sino que en cierto
modo afecta también a comunidades enteras, como ya observó el Concilio:
«Crecientes multitudes se alejan prácticamente de la religión».(8) Varias veces yo mismo he recordado el fenómeno de la descristianización que aflige los pueblos de antigua
tradición cristiana y que reclama, sin dilación alguna, una nueva
evangelización.
Y sin embargo la aspiración y la
necesidad de lo religioso no pueden ser suprimidos
totalmente. La conciencia de cada hombre, cuando tiene el coraje de afrontar
los interrogantes más graves de la existencia humana, y en particular el del
sentido de la vida, del sufrimiento y de la muerte, no puede dejar de hacer
propia aquella palabra de verdad proclamada a voces por San Agustín: «Nos has
hecho, Señor, para Ti, y nuestro corazón está inquieto hasta que no descansa en
Ti».(9) Así también, el mundo actual testifica, siempre de manera más amplia y
viva, la apertura a una visión espiritual y trascendente de la vida, el
despertar de una búsqueda religiosa, el retorno al sentido de lo sacro y a la
oración, la voluntad de ser libres en el invocar el Nombre del Señor.
La persona humana: una dignidad
despreciada y exaltada
5. Pensamos, además, en las múltiples violaciones
a las que hoy está sometida la persona humana. Cuando no es reconocido y
amado en su dignidad de imagen viviente de Dios (cf. Gn
1, 26), el ser humano queda expuesto a las formas más humillantes y
aberrantes de «instrumentalización», que lo
convierten miserablemente en esclavo del más fuerte. Y «el más fuerte» puede
asumir diversos nombres: ideología, poder económico, sistemas políticos
inhumanos, tecnocracia científica, avasallamiento por parte de los mass-media. De nuevo nos encontramos frente a una multitud
de personas, hermanos y hermanas nuestras, cuyos derechos fundamentales son
violados, también como consecuencia de la excesiva tolerancia y hasta de la
patente injusticia de ciertas leyes civiles: el derecho a la vida y a la
integridad física, el derecho a la casa y al trabajo, el derecho a la familia y
a la procreación responsable, el derecho a la participación en la vida pública
y política, el derecho a la libertad de conciencia y de profesión de fe
religiosa.
¿Quién puede contar los niños que no han
nacido porque han sido matados en el seno de sus madres, los niños abandonados
y maltratados por sus mismos padres, los niños que crecen sin afecto ni
educación? En algunos países, poblaciones enteras se encuentran desprovistas de
casa y de trabajo; les faltan los medios más indispensables para llevar una
vida digna del ser humano; y algunas carecen hasta de lo necesario para su
propia subsistencia. Tremendos recintos de pobreza y de miseria, física y moral
a la vez, se han vuelto ya anodinos y como normales en
la periferia de las grandes ciudades, mientras afligen mortalmente a enteros
grupos humanos.
Pero la sacralidad
de la persona no puede ser aniquilada, por más que sea despreciada y
violada tan a menudo. Al tener su indestructible fundamento en Dios Creador y
Padre, la sacralidad de la persona vuelve a
imponerse, de nuevo y siempre.
De aquí el extenderse cada vez más y el
afirmarse siempre con mayor fuerza del sentido de la dignidad personal de
cada ser humano. Una beneficiosa corriente atraviesa y penetra ya todos los
pueblos de la tierra, cada vez más conscientes de la dignidad del hombre: éste
no es una «cosa» o un «objeto» del cual servirse; sino que es siempre y sólo un
«sujeto», dotado de conciencia y de libertad, llamado a vivir responsablemente
en la sociedad y en la historia, ordenado a valores espirituales y religiosos.
Se ha dicho que el nuestro es el tiempo
de los «humanismos». Si algunos, por su matriz atea y secularista,
acaban paradójicamente por humillar y anular al hombre; otros, en cambio, lo
exaltan hasta el punto de llegar a una verdadera y propia idolatría; y otros,
finalmente, reconocen según la verdad la grandeza y la miseria del hombre,
manifestando, sosteniendo y favoreciendo su dignidad total.
Signo y fruto de estas corrientes
humanistas es la creciente necesidad de participación. Indudablemente es
éste uno de los rasgos característicos de la humanidad actual, un auténtico
«signo de los tiempos» que madura en diversos campos y en diversas direcciones:
sobre todo en lo relativo a la mujer y al mundo juvenil, y en la dirección de
la vida no sólo familiar y escolar, sino también cultural, económica, social y
política. El ser protagonistas, creadores de algún modo de una nueva cultura
humanista, es una exigencia universal e individual.(10)
Conflictividad y paz
6. Por último, no podemos dejar de
recordar otro fenómeno que caracteriza la presente humanidad. Quizás como nunca
en su historia, la humanidad es cotidiana y profundamente atacada y desquiciada
por la conflictividad. Es éste un fenómeno pluriforme,
que se distingue del legítimo pluralismo de las mentalidades y de las iniciativas,
y que se manifiesta en el nefasto enfrentamiento entre personas, grupos,
categorías, naciones y bloques de naciones. Es un antagonismo que asume formas
de violencia, de terrorismo, de guerra. Una vez más, pero en proporciones mucho
más amplias, diversos sectores de la humanidad contemporánea, queriendo
demostrar su «omnipotencia», renuevan la necia experiencia de la construcción
de la «torre de Babel» (cf. Gn 11,
1-9), que, sin embargo, hace proliferar la confusión, la lucha, la disgregación
y la opresión. La familia humana se en cuentra así
dramáticamente turbada y desgarrada en sí misma.
Por otra parte, es completamente insuprimible la aspiración de los individuos y de los
pueblos al inestimable bien de la paz en la justicia. La bienaventuranza
evangélica: «dichosos los que obran la paz» (Mt
5, 9) encuentra en los hombres de nuestro tiempo una nueva y significativa
resonancia: para que vengan la paz y la justicia, enteras poblaciones viven,
sufren y trabajan. La participación de tantas personas y grupos en la
vida social es hoy el camino más recorrido para que la paz anhelada se haga
realidad. En este camino encontramos a tantos fieles laicos que se han empeñado
generosamente en el campo social y político, y de los modos más diversos, sean
institucionales o bien de asistencia voluntaria y de servicio a los
necesitados.
Jesucristo, la esperanza de la humanidad
7. Este es el campo inmenso y
apesadumbrado que está ante los obreros enviados por el «dueño de casa» para
trabajar en su viña.
En este campo está eficazmente presente
En conclusión, a pesar de todo, la
humanidad puede esperar, debe esperar. El Evangelio vivo y personal, Jesucristo
mismo, es la «noticia» nueva y portadora de alegría que
En este anuncio y en este testimonio los
fieles laicos tienen un puesto original e irreemplazable: por medio de ellos
CAPÍTULO
I
YO SOY
La dignidad de los fieles laicos en
El misterio de la viña
8. La imagen de la viña se usa en
Ya en el Antiguo Testamento los profetas
recurrieron a la imagen de la viña para hablar del pueblo elegido. Israel es la
viña de Dios, la obra del Señor, la alegría de su corazón: «Yo te había
plantado de la cepa selecta» (Jr 2, 21); «Tu
madre era como una vid plantada a orillas de las aguas. Era lozana y frondosa,
por la abundancia de agua (...)» (Ez 19, 10);
«Una viña tenía mi amado en una fértil colina. La cavó y despedregó, y la
plantó de cepa exquisita (...)» (Is 5, 1-2).
Jesús retoma el símbolo de la viña y lo
usa para revelar algunos aspectos del Reino de Dios: «Un hombre plantó una
viña, la rodeó de una cerca, cavó un lagar, edificó una torre; la arrendó a
unos viñadores y se marchó lejos» (Mc 12, 1;
cf. Mt 21, 28ss.).
El evangelista Juan nos invita a calar en
profundidad y nos lleva a descubrir el misterio de la viña. Ella es el
símbolo y la figura, no sólo del Pueblo de Dios, sino de Jesús mismo. Él
es la vid y nosotros, sus discípulos, somos los sarmientos; Él es la «vid
verdadera» a la que los sarmientos están vitalmente unidos (cf. Jn 15, 1 ss.).
El Concilio Vaticano II, haciendo
referencia a las diversas imágenes bíblicas que iluminan el misterio de
Sólo dentro de
Quiénes son los fieles laicos
9. Los Padres sinodales han señalado con
justa razón la necesidad de individuar y de proponer una descripción
positiva de la vocación y de la misión de los fieles laicos, profundizando
en el estudio de la doctrina del Concilio Vaticano II, a la luz de los
recientes documentos del Magisterio y de la experiencia de la vida misma de
Al dar una respuesta al interrogante
«quiénes son los fieles laicos», el Concilio, superando interpretaciones
precedentes y prevalentemente negativas, se abrió a
una visión decididamente positiva, y ha manifestado su intención fundamental al
afirmar la plena pertenencia de los fieles laicos a
Ya Pío XII decía: «Los fieles, y más
precisamente los laicos, se encuentran en la línea más avanzada de la vida de
Según la imagen bíblica de la viña, los
fieles laicos —al igual que todos los miembros de
Es la inserción en Cristo por medio de la
fe y de los sacramentos de la iniciación cristiana, la raíz primera que origina
la nueva condición del cristiano en el misterio de
De este modo, sólo captando la misteriosa
riqueza que Dios dona al cristiano en el santo Bautismo es posible delinear la
«figura» del fiel laico.
El Bautismo y la novedad cristiana
10. No es exagerado decir que toda la
existencia del fiel laico tiene como objetivo el llevarlo a conocer la radical
novedad cristiana que deriva del Bautismo, sacramento de la fe, con el fin de
que pueda vivir sus compromisos bautismales según la vocación que ha recibido
de Dios. Para describir la «figura» del fiel laico consideraremos ahora de modo
directo y explícito —entre otros— estos tres aspectos fundamentales: el
Bautismo nos regenera a la vida de loshijos de Dios;
nos une a Jesucristo y a su Cuerpo que es
Hijos en el Hijo
11. Recordamos las palabras de Jesús a Nicodemo: «En verdad, en verdad te digo, el que no nazca de
agua y de Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios» (Jn
3, 5). El santo Bautismo es, por tanto, un nuevo nacimiento, es una
regeneración.
Pensando precisamente en este aspecto del
don bautismal, el apóstol Pedro irrumpe en este canto: «Bendito sea el Dios y
Padre de nuestro Señor Jesucristo, quien, por su gran misericordia nos ha
regenerado, mediante
Por el santo Bautismo somos hechos hijos
de Dios en su Unigénito Hijo, Cristo Jesús. Al salir de las aguas de la
sagrada fuente, cada cristiano vuelve a escuchar la voz que un día fue oída a
orillas del río Jordán: «Tú eres mi Hijo amado, en ti me complazco» (Lc 3, 22); y entiende que ha sido asociado al Hijo
predilecto, llegando a ser hijo adoptivo (cf. Ga
4, 4-7) y hermano de Cristo. Se cumple así en la historia de cada uno el
eterno designio del Padre: «a los que de antemano conoció, también los
predestinó a reproducir la imagen de su Hijo, para que Él fuera el primogénito
entre muchos hermanos» (cf. Rm 8; 29).
El Espíritu Santo es quien
constituye a los bautizados en hijos de Dios y, al mismo tiempo, en miembros
del Cuerpo de Cristo. Lo recuerda Pablo a los cristianos de Corinto: «En un
solo Espíritu hemos sido todos bautizados, para no formar más que un cuerpo» (1
Co 12, 13); de modo tal que el apóstol puede
decir a los fieles laicos: «Ahora bien, vosotros sois el Cuerpo de Cristo y sus
miembros, cada uno por su parte» (1 Co 12,
27); «La prueba de que sois hijos es que Dios ha enviado a nuestros corazones
el Espíritu de su Hijo» (Ga 4, 6; cf. Rm 8, 15-16).
Un solo cuerpo en Cristo
12. Regenerados como «hijos en el Hijo»,
los bautizados son inseparablemente «miembros de Cristo y miembros del
cuerpo de
El Bautismo significa y produce una
incorporación mística pero real al cuerpo crucificado y glorioso de Jesús.
Mediante este sacramento, Jesús une al bautizado con su muerte para unirlo a su
resurrección (cf. Rm 6, 3-5); lo
despoja del «hombre viejo» y lo reviste del «hombre nuevo», es decir, de Sí
mismo: «Todos los que habéis sido bautizados en Cristo —proclama el apóstol
Pablo— os habéis revestido de Cristo» (Ga 3,
27; cf. Ef 4, 22-24; Col 3,
9-10). De ello resulta que «nosotros, siendo muchos, no formamos más que un
solo cuerpo en Cristo» (Rm 12, 5).
Volvemos a encontrar en las palabras de
Pablo el eco fiel de las enseñanzas del mismo Jesús, que nos ha revelado la misteriosa
unidad de sus discípulos con Él y entre sí, presentándola como imagen y
prolongación de aquella arcana comunión que liga el Padre al Hijo y el Hijo al
Padre en el vínculo amoroso del Espíritu (cf. Jn
17, 21). Es la misma unidad de la que habla Jesús con la imagen de la vid y
de los sarmientos: «Yo soy la vid, vosotros los sarmientos» (Jn 15, 5); imagen que da luz no sólo para comprender
la profunda intimidad de los discípulos con Jesús, sino también la comunión
vital de los discípulos entre sí: todos son sarmientos de la única Vid.
Templos vivos y santos del Espíritu
13. Con otra imagen —aquélla del
edificio— el apóstol Pedro define a los bautizados como «piedras vivas»
cimentadas en Cristo, la «piedra angular», y destinadas a la «construcción de
un edificio espiritual» (1 P 2, 5 ss.). La
imagen nos introduce en otro aspecto de la novedad bautismal, que el Concilio
Vaticano II presentaba de este modo: «Por la regeneración y la unción del
Espíritu Santo, los bautizados son consagrados como casa espiritual».(18)
El Espíritu Santo «unge» al bautizado, le
imprime su sello indeleble (cf. 2 Co 1, 21-22), y lo constituye en
templo espiritual; es decir, le llena de la santa presencia de Dios gracias a
la unión y conformación con Cristo.
Con esta «unción» espiritual, el
cristiano puede, a su modo, repetir las palabras de Jesús: «El Espíritu del
Señor está sobre mí; por lo cual me ha ungido para evangelizar a los pobres, me
ha enviado a proclamar la liberación a los cautivos y la vista a los ciegos, a
poner en libertad a los oprimidos, y a proclamar el año de gracia del Señor» (Lc 4, 18-19; cf. Is
61, 1-2). De esta manera, mediante la efusión bautismal y crismal,
el bautizado participa en la misma misión de Jesús el Cristo, el Mesías
Salvador.
Partícipes del oficio sacerdotal,
profético y real de Jesucristo
14. Dirigiéndose a los bautizados como a
«niños recién nacidos», el apóstol Pedro escribe: «Acercándoos a Él, piedra
viva, desechada por los hombres, pero elegida y preciosa ante Dios, también
vosotros, cual piedras vivas, sois utilizados en la construcción de un edificio
espiritual, para un sacerdocio santo, para ofrecer sacrificios espirituales,
aceptos a Dios por mediación de Jesucristo (...). Pero vosotros sois el linaje
elegido, el sacerdocio real, la nación santa, el pueblo que Dios se ha adquirido
para que proclame los prodigios de Aquel que os ha llamado de las tinieblas a
su admirable luz (...)» (1 P 2, 4-5. 9).
He aquí un nuevo aspecto de la gracia y
de la dignidad bautismal: los fieles laicos participan, según el modo que les
es propio, en el triple oficio —sacerdotal, profético y real— de Jesucristo. Es
este un aspecto que nunca ha sido olvidado por la tradición viva de
Siguiendo el rumbo indicado por el
Concilio Vaticano II,(20) ya desde el inicio de mi
servicio pastoral, he querido exaltar la dignidad sacerdotal, profética y real
de todo el Pueblo de Dios diciendo: «Aquél que ha nacido de
Con la presente Exhortación deseo invitar
nuevamente a todos los fieles laicos a releer, a meditar y a asimilar, con
inteligencia y con amor, el rico y fecundo magisterio del Concilio sobre su
participación en el triple oficio de Cristo.(22) He aquí entonces,
sintéticamente, los elementos esenciales de estas enseñanzas.
Los fieles laicos participan en el oficio
sacerdotal, por el que Jesús se ha ofrecido a sí mismo en
La participación en el oficio
profético de Cristo, «que proclamó el Reino del Padre con el testimonio de
la vida y con el poder de la palabra»,(24) habilita y
compromete a los fieles laicos a acoger con fe el Evangelio y a anunciarlo con
la palabra y con las obras, sin vacilar en denunciar el mal con valentía.
Unidos a Cristo, el «gran Profeta» (Lc 7, 16),
y constituidos en el Espíritu «testigos» de Cristo Resucitado, los fieles
laicos son hechos partícipes tanto del sobrenatural sentido de fe de
Por su pertenencia a Cristo, Señor y Rey
del universo, los fieles laicos participan en su oficio real y son
llamados por Él para servir al Reino de Dios y difundirlo en la historia. Viven
la realeza cristiana, antes que nada, mediante la lucha espiritual para vencer
en sí mismos el reino del pecado (cf. Rm 6,
12); y después en la propia entrega para servir, en la justicia y en la
caridad, al mismo Jesús presente en todos sus hermanos, especialmente en los
más pequeños (cf. Mt 25, 40).
Pero los fieles laicos están llamados de
modo particular para dar de nuevo a la entera creación todo su valor
originario. Cuando mediante una actividad sostenida por la vida de la gracia,
ordenan lo creado al verdadero bien del hombre, participan en el ejercicio de
aquel poder, con el que Jesucristo Resucitado atrae a sí todas las cosas y las
somete, junto consigo mismo, al Padre, de manera que Dios sea todo en todos
(cf. Jn 12, 32; 1 Co
15, 28).
La participación de los fieles laicos en
el triple oficio de Cristo Sacerdote, Profeta y Rey tiene su raíz primera en la
unción del Bautismo, su desarrollo en
Los fieles laicos y la índole secular
15. La novedad cristiana es el fundamento
y el título de la igualdad de todos los bautizados en Cristo, de todos los
miembros del Pueblo de Dios: «común es la dignidad de los miembros por su
regeneración en Cristo, común la gracia de hijos, común la vocación a la
perfección, una sola salvación, una sola esperanza e indivisa caridad».(28) En
razón de la común dignidad bautismal, el fiel laico es corresponsable,
junto con los ministros ordenados y con los religiosos y las religiosas, de la
misión de
Pero la común dignidad bautismal asume en
el fiel laico una modalidad que lo distingue, sin separarlo, del
presbítero, del religioso y de la religiosa. El Concilio Vaticano II ha
señalado esta modalidad en la índole secular: «El carácter secular es propio y
peculiar de los laicos».(29)
Precisamente para poder captar completa,
adecuada y específicamente la condición eclesial del fiel laico es necesario
profundizar el alcance teológico del concepto de la índole secular a la luz del
designio salvífico de Dios y del misterio de
Como decía Pablo VI,
Ciertamente, todos los miembros de
En realidad el Concilio describe la
condición secular de los fieles laicos indicándola, primero, como el lugar en
que les es dirigida la llamada de Dios: «Allí son llamados por Dios».(33)
Se trata de un «lugar» que viene presentado en términos dinámicos: los fieles
laicos «viven en el mundo, esto es, implicados en todas y cada una de las
ocupaciones y trabajos del mundo y en las condiciones ordinarias de la vida
familiar y social, de la que su existencia se encuentra como entretejida».(34)
Ellos son personas que viven la vida normal en el mundo, estudian, trabajan,
entablan relaciones de amistad, sociales, profesionales, culturales, etc. El
Concilio considera su condición no como un dato exterior y ambiental,
sino como una realidad destinada a obtener en Jesucristo la plenitud de su
significado.(35)
Es más, afirma que «el mismo Verbo encarnado quiso participar de la convivencia
humana (...). Santificó los vínculos humanos, en
primer lugar los familiares, donde tienen su origen las relaciones sociales,
sometiéndose voluntariamente a las leyes de su patria. Quiso llevar la vida de
un trabajador de su tiempo y de su región».(36)
De este modo, el «mundo» se convierte
en el ámbito y el medio de la vocación cristiana de los fieles laicos, porque
él mismo está destinado a dar gloria a Dios Padre en Cristo. El Concilio puede
indicar entonces cuál es el sentido propio y peculiar de la vocación divina
dirigida a los fieles laicos. No han sido llamados a abandonar el lugar que
ocupan en el mundo. El Bautismo no los quita del mundo, tal como lo señala el
apóstol Pablo: «Hermanos, permanezca cada cual ante Dios en la condición en que
se encontraba cuando fué llamado» (1 Co 7, 24); sino que les confía una vocación que afecta
precisamente a su situación intramundana. En efecto,
los fieles laicos, «son llamados por Dios para contribuir, desde dentro a
modo de fermento, a la santificación del mundo mediante el ejercicio de sus
propias tareas, guiados por el espíritu evangélico, y así manifiestan a Cristo
ante los demás, principalmente con el testimonio de su vida y con el fulgor de
su fe, esperanza y caridad».(37) De este modo, el ser y el actuar en el mundo
son para los fieles laicos no sólo una realidad antropológica y sociológica,
sino también, y específicamente, una realidad teológica y eclesial. En efecto,
Dios les manifiesta su designio en su situación intramundana,
y les comunica la particular vocación de «buscar el Reino de Dios tratando las
realidades temporales y ordenándolas según Dios».(38)
Precisamente en esta perspectiva los
Padres Sinodales han afirmado lo siguiente: «La índole secular del fiel laico
no debe ser definida solamente en sentido sociológico, sino sobre todo en
sentido teológico. El carácter secular debe ser entendido a la luz del acto
creador y redentor de Dios, que ha confiado el mundo a los hombres y a las
mujeres, para que participen en la obra de la creación, la liberen del influjo
del pecado y se santifiquen en el matrimonio o en el celibato, en la familia,
en la profesión y en las diversas actividades sociales».(39)
La condición eclesial de los
fieles laicos se encuentra radicalmente definida por su novedad cristiana y caracterizada
por su índole secular.(40)
Las imágenes evangélicas de la sal, de la
luz y de la levadura, aunque se refieren indistintamente a todos los discípulos
de Jesús, tienen también una aplicación específica a los fieles laicos. Se
trata de imágenes espléndidamente significativas, porque no sólo expresan la
plena participación y la profunda inserción de los fieles laicos en la tierra,
en el mundo, en la comunidad humana; sino que también, y sobre todo, expresan
la novedad y la originalidad de esta inserción y de esta participación,
destinadas como están a la difusión del Evangelio que salva.
Llamados a la santidad
16. La dignidad de los fieles laicos se
nos revela en plenitud cuando consideramos esa primera y fundamental vocación,
que el Padre dirige a todos ellos en Jesucristo por medio del Espíritu: la
vocación a la santidad, o sea a la perfección de la caridad. El santo es el
testimonio más espléndido de la dignidad conferida al discípulo de Cristo.
El Concilio Vaticano II ha pronunciado
palabras altamente luminosas sobre la vocación universal a la santidad. Se
puede decir que precisamente esta llamada ha sido la consigna fundamental
confiada a todos los hijos e hijas de
Es urgente, hoy más que nunca, que todos
los cristianos vuelvan a emprender el camino de la renovación evangélica,
acogiendo generosamente la invitación del apóstol a ser «santos en toda la
conducta» (1 P 1, 15). El Sínodo Extraordinario de
Los santos y las santas han sido siempre
fuente y origen de renovación en las circunstancias más difíciles de toda la
historia de
Todos en
La vocación a la santidad hunde sus raíces
en el Bautismo y se pone de nuevo ante nuestros ojos en los demás
sacramentos, principalmente en
La vida según el Espíritu, cuyo fruto es
la santificación (cf. Rm 6, 22; Ga 5, 22), suscita y exige de todos y de cada uno de
los bautizados el seguimiento y la imitación de Jesucristo, en la
recepción de sus Bienaventuranzas, en el escuchar y meditar
Santificarse en el mundo
17. La vocación de los fieles laicos a la
santidad implica que la vida según el Espíritu se exprese particularmente en su
inserción en las realidades temporales y en su participación en las
actividades terrenas. De nuevo el apóstol nos amonesta diciendo: «Todo
cuanto hagáis, de palabra o de obra, hacedlo todo en el nombre del Señor Jesús,
dando gracias por su medio a Dios Padre» (Col 3, 17). Refiriendo estas
palabras del apóstol a los fieles laicos, el Concilio afirma categóricamente:
«Ni la atención de la familia, ni los otros deberes seculares deben ser algo
ajeno a la orientación espiritual de la vida».(45) A
su vez los Padres sinodales han dicho: «La unidad de vida de los fieles laicos
tiene una gran importancia. Ellos, en efecto, deben santificarse en la vida
profesional y social ordinaria. Por tanto, para que puedan responder a su
vocación, los fieles laicos deben considerar las actividades de la vida
cotidiana como ocasión de unión con Dios y de cumplimiento de su voluntad, así
como también de servicio a los demás hombres, llevándoles a la comunión con
Dios en Cristo».(46)
Los fieles laicos han de considerar la
vocación a la santidad, antes que como una obligación exigente e irrenunciable,
como un signo luminoso del infinito amor del Padre que les ha regenerado a su
vida de santidad. Tal vocación, por tanto, constituye una componente
esencial e inseparable de la nueva vida bautismal, y, en consecuencia, un
elemento constitutivo de su dignidad. Al mismo tiempo, la vocación a la
santidad está ligada íntimamente a la misión y a la
responsabilidad confiadas a los fieles laicos en
Además se ha de decir que la santidad es
un presupuesto fundamental y una condición insustituible para realizar la
misión salvífica de
Volvamos de nuevo a la imagen bíblica: el
brotar y el expanderse de los sarmientos depende de
su inserción en la vid. «Lo mismo que el sarmiento no puede dar fruto por sí
mismo, si no permanece en la vid; así tampoco vosotros si no permanecéis en mí.
Yo soy la vid; vosotros los sarmientos. El que permanece en mí y yo en él, ése
da mucho fruto; porque sin mí no podéis hacer nada» (Jn
15, 4-5).
Es natural recordar aquí la solemne
proclamación de algunos fieles laicos, hombres y mujeres, como beatos y santos,
durante el mes en el que se celebró el Sínodo. Todo el Pueblo de Dios, y los
fieles laicos en particular, pueden encontrar ahora nuevos modelos de santidad
y nuevos testimonios de virtudes heroicas vividas en las condiciones comunes y
ordinarias de la existencia humana. Como han dicho los Padres sinodales: «Las
Iglesias locales, y sobre todo las llamadas Iglesias jóvenes, deben reconocer
atentamente entre los propios miembros, aquellos hombres y mujeres que
ofrecieron en estas condiciones (las condiciones ordinarias de vida en el mundo
y el estado conyugal) el testimonio de una vida santa, y que pueden ser ejemplo
para los demás, con objeto de que, si se diera el caso, los propongan para la
beatificación y canonización».(47)
Al final de estas reflexiones, dirigidas
a definir la condición eclesial del fiel laico, retorna a la mente la célebre
exhortación de San León Magno: «Agnosce, o Christiane, dignitatem tuam».(48)
Es la misma admonición que San Máximo, Obispo de Turín, dirigió a quienes
habían recibido la unción del santo Bautismo: «¡Considerad el honor que se os
hace en este misterio!».(49) Todos los bautizados están invitados a escuchar de
nuevo estas palabras de San Agustín: «¡Alegrémonos y
demos gracias: hemos sido hechos no solamente cristianos, sino Cristo (...).
Pasmaos y alegraos: hemos sido hechos Cristo!».(50)
La dignidad cristiana, fuente de la
igualdad de todos los miembros de
CAPÍTULO
II
SARMIENTOS
TODOS DE LA ÚNICA VID
La participación de los fieles laicos en la vida de
El misterio de
18. Oigamos de nuevo las palabras de
Jesús: «Yo soy la vid verdadera, y mi Padre es el viñador (...). Permaneced
en mí, y yo en vosotros» (Jn 15, 1-4).
Con estas sencillas palabras nos es
revelada la misteriosa comunión que vincula en unidad al Señor con los discípulos,
a Cristo con los bautizados; una comunión viva y vivificante, por la cual los
cristianos ya no se pertenecen a sí mismos, sino que son propiedad de Cristo,
como los sarmientos unidos a la vid.
La comunión de los cristianos con Jesús
tiene como modelo, fuente y meta la misma comunión del Hijo con el Padre en el
don del Espíritu Santo: los cristianos se unen al Padre al unirse al Hijo en el
vínculo amoroso del Espíritu.
Jesús continúa: «Yo soy la vid;
vosotros los sarmientos» (Jn 15, 5). La comunión
de los cristianos entre sí nace de su comunión con Cristo: todos somos
sarmientos de la única Vid, que es Cristo. El Señor Jesús nos indica que esta
comunión fraterna es el reflejo maravilloso y la misteriosa participación en la
vida íntima de amor del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Por ella Jesús
pide: «Que todos sean uno. Como tú, Padre, en mí y yo en ti, que ellos también
sean uno en nosotros, para que el mundo crea que tú me has enviado» (Jn 17, 21).
Esta comunión es el mismo misterio de
Después de haber delineado la «figura» de
los fieles laicos en el marco de la dignidad que les es propia, debemos
reflexionar ahora sobre su misión y responsabilidad en
El Concilio y la eclesiología
de comunión
19. Es ésta la idea central que, en el
Concilio Vaticano II,
Poco después del Concilio, Pablo VI se
dirigía a los fieles con estas palabras: «
Las imágenes bíblicas con las que el
Concilio ha querido introducirnos en la contemplación del misterio de
La realidad de
En efecto, aquel Espíritu que desde la
eternidad abraza la única e indivisa Trinidad, aquel Espíritu que «en la
plenitud de los tiempos» (Ga 4, 4) unió
indisolublemente la carne humana al Hijo de Dios, aquel mismo e idéntico
Espíritu es, a lo largo de todas las generaciones cristianas, el inagotable
manantial del que brota sin cesar la comunión en
Una comunión orgánica: diversidad y
complementariedad
20. La comunión eclesial se configura,
más precisamente, como comunión «orgánica», análoga a la de un cuerpo vivo y
operante. En efecto, está caracterizada por la simultánea presencia de la diversidad
y de la complementariedad de las vocaciones y condiciones de vida,
de los ministerios, de los carismas y de las responsabilidades. Gracias a esta
diversidad y complementariedad, cada fiel laico se encuentra en relación con
todo el cuerpo y le ofrece su propia aportación.
El apóstol Pablo insiste particularmente
en la comunión orgánica del Cuerpo místico de Cristo. Podemos escuchar de nuevo
sus ricas enseñanzas en la síntesis trazada por el Concilio. Jesucristo —leemos
en la constitución Lumen gentium— «comunicando
su Espíritu, constituye místicamente como cuerpo suyo a sus hermanos, llamados
de entre todas las gentes. En ese cuerpo, la vida de Cristo se derrama en los
creyentes (...). Como todos los miembros del cuerpo humano, aunque numerosos,
forman un solo cuerpo, así también los fieles en Cristo (cf. 1 Co 12, 12). También en la edificación del cuerpo de
Cristo vige la diversidad de miembros y funciones.
Uno es el Espíritu que, para la utilidad de
Es siempre el único e idéntico
Espíritu el principio dinámico de la variedad y de la unidad en
La comunión eclesial es, por tanto, un don; un gran don del
Espíritu Santo, que los fieles laicos están llamados a acoger con gratitud
y, al mismo tiempo, a vivir con profundo sentido de responsabilidad. El modo
concreto de actuarlo es a través de la participación en la vida y misión de
El fiel laico «no puede jamás cerrarse
sobre sí mismo, aislándose espiritualmente de la comunidad; sino que debe vivir
en un continuo intercambio con los demás, con un vivo sentido de fraternidad,
en el gozo de una igual dignidad y en el empeño por hacer fructificar, junto
con los demás, el inmenso tesoro recibido en herencia. El Espíritu del Señor le
confiere, como también a los demás, múltiples carismas; le invita a tomar parte
en diferentes ministerios y encargos; le recuerda, como también recuerda a los
otros en relación con él, que todo aquello que le distingue no significa una
mayor dignidad, sino una especial y complementaria habilitación al
servicio (...). De esta manera, los carismas, los ministerios, los encargos
y los servicios del fiel laico existen en la comunión y para la comunión. Son
riquezas que se complementan entre sí en favor de todos, bajo la guía prudente
de los Pastores».(63)
Los ministerios y los carismas, dones del
Espíritu a
21. El Concilio Vaticano II presenta los
ministerios y los carismas como dones del Espíritu Santo para la edificación
del Cuerpo de Cristo y para el cumplimiento de su misión salvadora en el mundo.(64)
Consideremos ahora los ministerios y los
carismas con directa referencia a los fieles laicos y a su participación en la
vida de
Los ministerios, oficios y funciones
Los ministerios presentes y operantes en
Los ministerios que derivan del Orden
22. En
Los ministerios ordenados —antes que para
las personas que los reciben— son una gracia para
Por esto, para asegurar y acrecentar la
comunión en
Ministerios, oficios y funciones de los
laicos
23. La misión salvífica
de
Los pastores, por tanto, han de reconocer
y promover los ministerios, oficios y funciones de los fieles laicos, que
tienen su fundamento sacramental en el Bautismo y en
Después, cuando la necesidad o la
utilidad de
La reciente Asamblea sinodal ha trazado
un amplio y significativo panorama de la situación eclesial acerca de los
ministerios, los oficios y las funciones de los bautizados. Los Padres han
apreciado vivamente la aportación apostólica de los fieles laicos, hombres y
mujeres, en favor de la evangelización, de la santificación y de la animación
cristiana de las realidades temporales, como también su generosa disponibilidad
a la suplencia en situaciones de emergencia y de necesidad crónica.(72)
Como consecuencia de la renovación
litúrgica promovida por el Concilio, los mismos fieles laicos han tomado una
más viva conciencia de las tareas que les corresponden en la asamblea litúrgica
y en su preparación, y se han manifestado ampliamente dispuestos a
desempeñarlas. En efecto, la celebración litúrgica es una acción sacra no sólo
del clero, sino de toda la asamblea. Por tanto, es natural que las tareas no
propias de los ministros ordenados sean desempeñadas por los fieles laicos.(73) Después, ha sido espontáneo el paso de una efectiva
implicación de los fieles laicos en la acción litúrgica a aquélla en el anuncio
de
En la misma Asamblea sinodal no han
faltado, sin embargo, junto a los positivos, otros juicios críticos sobre el
uso indiscriminado del término «ministerio», la confusión y tal vez la
igualación entre el sacerdocio común y el sacerdocio ministerial, la escasa
observancia de ciertas leyes y normas eclesiásticas, la interpretación
arbitraria del concepto de «suplencia», la tendencia a la «clericalización»
de los fieles laicos y el riesgo de crear de hecho una estructura eclesial de
servicio paralela a la fundada en el sacramento del Orden.
Precisamente para superar estos peligros,
los Padres sinodales han insistido en la necesidad de que se expresen con
claridad —sirviéndose también de una terminología más precisa—,(75) tanto la unidad
de misión de
Es necesario pues, en primer lugar, que
los pastores, al reconocer y al conferir a los fieles laicos los varios
ministerios, oficios y funciones, pongan el máximo cuidado en instruirles
acerca de la raíz bautismal de estas tareas. Es necesario también que los
pastores estén vigilantes para que se evite un fácil y abusivo recurso a
presuntas «situaciones de emergencia» o de «necesaria suplencia», allí donde no
se dan objetivamente o donde es posible remediarlo con una programación
pastoral más racional.
Los diversos ministerios, oficios y
funciones que los fieles laicos pueden desempeñar legítimamente en la liturgia,
en la transmisión de la fe y en las estructuras pastorales de
Durante los trabajos del Sínodo, los
Padres han prestado no poca atención al Lectorado
y al Acolitado. Mientras en el pasado existían en
A tal fin ha sido constituida
expresamente una Comisión, no sólo para responder a este deseo manifestado por
los Padres sinodales, sino también, y sobre todo, para estudiar en profundidad
los diversos problemas teológicos, litúrgicos, jurídicos y pastorales surgidos
a partir del gran florecimiento actual de los ministerios confiados a los
fieles laicos.
Para que la praxis eclesial de estos
ministerios confiados a los fieles laicos resulte ordenada y fructuosa, en
tanto
Los carismas
24. El Espíritu Santo no sólo confía
diversos ministerios a
Sean extraordinarios, sean simples y
sencillos, los carismas son siempre gracias del Espíritu Santo que tienen, directa
o indirectamente, una utilidad eclesial, ya que están ordenados a la
edificación de
Incluso en nuestros días, no falta el
florecimiento de diversos carismas entre los fieles laicos, hombres y mujeres.
Los carismas se conceden a la persona concreta; pero pueden ser participados
también por otros y, de este modo, se continúan en el tiempo como viva y
preciosa herencia, que genera una particular afinidad espiritual entre las
personas. Refiriéndose precisamente al apostolado de los laicos, el Concilio
Vaticano II escribe: «Para el ejercicio de este apostolado el Espíritu Santo,
que obra la santificación del Pueblo de Dios por medio del ministerio y de los sacramentos,
otorga también a los fieles dones particulares (cf. 1 Co
12, 7), "distribuyendo a cada uno según quiere" (cf. 1 Co 12, 11), para que "poniendo cada uno la gracia
recibida al servicio de los demás", contribuyan también ellos "como
buenos dispensadores de la multiforme gracia recibida de Dios" (1 P
4, 10), a la edificación de todo el cuerpo en la caridad (cf. Ef 4,16)».(79)
Los dones del Espíritu Santo exigen
—según la lógica de la originaria donación de la que proceden— que cuantos los
han recibido, los ejerzan para el crecimiento de toda
Los carismas han de ser acogidos con
gratitud, tanto por parte de quien los recibe, como por parte de todos en
Por tanto, ningún carisma dispensa de la
relación y sumisión a los Pastores de